Las calles de Madrid se la llevaron para siempre. Jamás volvió a ver a aquella singular mujer que era todas las cosas del mundo. Tras ese invierno quedó atrás una ciudad maltrecha, asfixiada de aceras carcomidas por el desfile de los pasos atropellados del gentío, hastiados por la continuidad del día a día. Ese diciembre que pasaba lento y aplastaba los relojes con su propia carga lo pasó consumiendo un cigarro tras otro, esperando que así lo hicieran los minutos que giraban dentro de aquellos singulares relojes de Dalí. Esperaba que la ciudad le enviara alguna señal de dónde se encontraba aquella mujer que le había robado el alma, pero Madrid siguió latiendo a su habituado frenético compás, marcando el ritmo de la vida, a golpe de frío y lluvia. Su hipnótica melodía le embaucó y se hizo acorde del pentagrama que transformaba el tiempo. Tic, tac. Lo ocurrido recientemente se atisbaba en el recuerdo como un lienzo desdibujado, y lo acontecido tiempo atrás resurgía del corazón con su más urente astilla.
La primera vez que la vio, pensó que no había nada en el mundo por lo que no luchar si se trataba de rozar su piel. Habría colmado en esa caricia toda su razón de ser.
-Te he visto como jamás nadie lo ha hecho. Ahora sé quién eres.
-¿Quién soy?
-No soy quién para decirlo.
-Yo no lo sé. Tú me has visto como nadie nunca lo hará. Dime quién soy.
-Eres todos los elementos de este mundo.
-¿Y cómo me has visto?
-Desnuda. He recorrido cada lunar, cada poro, cada rincón escondido de tu cuerpo. He visto a una mujer libre, libre de juicios, libre hasta de sí misma. Desnuda risueña, desnuda pícara, desnuda ella, desnuda de pesares, de complejos y miedos, liberada. He sentido quién eres realmente y no quien pretendes ser ahí fuera. Ahora sé que estás en todas las mujeres que he visto, en todas las noches de Madrid, en cada cigarro, en cada estación, en cada despedida. Durante un efímero segundo, he visto cada una de las partes de tu ser divididas en el mundo y, ahora sé, que en ti están todas ellas.
Madrid se la llevó para siempre y, con el tiempo, dejó de buscarla . Se acabó conformando con verla, aunque fuera durante un mísero segundo, en los pasos sobre las aceras, en las miradas de hastío, en los relojes deformados, en cada gota de lluvia, en cada diciembre, porque esa mujer era todas las cosas de este mundo.
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