Hace tiempo que nadie pasaba por aquí. Perdona el olor a cerrado y el polvo acumulado entre los resquicios del pasado, hoy no esperaba visita, y menos tan temprano. Dicen que nunca es tarde para soñar, pero últimamente a mis sueños les faltaban las alas y arañaban el parqué. No tengas miedo, entra y disfruta de la penumbra de mi soledad. Puede que las puertas aún chirríen un poco, hace mucho que nadie las franquea. He abierto las ventanas después de varios años y he ventilado las ilusiones del ayer por si decides quedarte más tiempo. Encontrarás las llaves de la puerta debajo del felpudo y el desayuno recién hecho sobre la cama. He encendido la cafetera para que endulces el café a tu gusto, como solías hacer conmigo. Puedes subir las persianas y dejar que la luz ilumine las arrugas tejidas por el tiempo, los errores que quedaron atrás y las promesas que continúan pendientes. No te sorprendas si me notas algo ofuscado por el paso de los años, han sido tantas idas y venidas, reencuentros y despedidas que se desbarajustan las noches sin saber si hacer cena para dos o ahorrar en cubertería. Puede que encuentres grietas en los cimientos de mi cordura, algunos pesares timbran secuelas, pero una capa de pintura bastará para acallarlas. Perdona el desorden, no tuve tiempo de pasar la aspiradora y entre el polvo y la vergüenza no pude más que esconderlas bajo la alfombra. No te entristezcas, deja que el perchero sostenga el abrigo y el recelo y acomódate en el sofá, como si estuvieras en tu casa, sin prisa, a tu ritmo. Siente el calor de la chimenea mientras cae la lluvia que nos roba el mes de abril. Olvidé encender los radiadores, espero que no te importe si el calor corre de tu cuenta, aunque de eso si quieres también me encargo yo. Si lo prefieres date un baño, puedes dejar la factura del agua junto con tu cepillo de dientes. Hay sábanas limpias sobre la cama por si decides quedarte a dormir. Puedes cambiarlas, tirarlas o deslucirlas, aún más si es conmigo. Tienes varios libros sobre la mesilla por si decides escaparte ante cualquier quiebro en general, un paquete de Kleenex por si necesitas llorar y un chándal por si te consuela más correr detrás del tiempo que hemos perdido. He dejado un armario vacío para que guardes tus recuerdos y ginebra en la nevera por si prefieres olvidarlos. Tranquila, seguramente eches de menos tu antigua vida y decidas volver pronto, lo comprenderé. Mientras te acomodas te muestro todas mis cartas, te ofrezco un presupuesto indefinido, sin letra pequeña, en alquiler de mis minutos y en venta de mi decencia. Mi puerta estará siempre abierta.

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