sábado, 21 de enero de 2012

Ella

El cristal reflejaba su silueta, traslúcida y extenuada por el paso de los años. La nítida luz que emergía del espejo se iba atenuando cada vez más, dando paso entre la neblina al reflejo de la distorsión de ella misma. Se detuvo varios segundos, seducida ante tal simple pero a la vez compleja belleza. Frunció el ceño una vez más antes de desistir y se rindió ante la corporeidad que le mostraban sus ojos dejándola estar, dejándose ir. No podía luchar contra ella, pues día a día se había ido alimentando de sus sueños y virtudes, de su alegría y su fuerza. Cada vez que se situaba frente a ella, quedaba hipnotizada ante su fría mirada de cisne. Éste le rodeaba con sus cálidas alas y le mecía suavemente hasta quedar sumida en un dulce sueño de morfina. Narcóticos y sedantes le mantenían abstraída en su pequeña cueva contruída de plumas mientras la figura le iba robando su luz. Los días pasaban y ella se consumía, se sentía débil y cada vez más lejos de la realidad, pero más cerca de lo magnífico, llegando a convertirse en sombra de su propia silueta, una efigie de una moneda. Ella no tenía fuerzas para continuar el camino por sí misma. Creía tener el control, estaba por encima de todo aquello. Se repetía constantemente que nada la cambiaría, solo era una pequeña adicción sobre la que tenía un poder inmenso. Ingenua niña, no sabía que las adicciones le iban envolviendo lentamente. Un pequeño caramelo contenía la dosis perfecta para hacerla caer rendida ante esa droga, creyendo que el cúlmen del éxtasis estaba cerca y, una vez alcanzado, podría dejarla ir, pero ese día nunca llegaba. En realidad, todo estaba fuera de control. Un día se despertó ante el espejo, notando la imposibilidad e impotencia de mover su cara. Los párpados no le respondían y sus labios se mostraban secos e impasibles ante cualquier amago de sonrisa. Parecía que por su piel hubieran pasado años. Cada minuto que pasaba se sentía un año más vieja. El brillo de su mirada se iba consumiendo y la chispa de vida que brotaba de sus pupilas se había apagado de un soplido. La suavidad de su piel tersa, la luminosidad y el volumen de su cabello habían sucumbido ante tales maltratos. El color sonrosado de sus mejillas se había vuelto pálido y cadavérico. Bajo sus luceros se atisbaban unas ojeras de llevar años sin dormir. Quiso correr, huir lejos de aquella figura que se mostraba ante ella flemática e inexpresiva. Quiso liberarse de aquellas cadenas imaginarias que le aferraban firmemente al suelo y le impedían escabullirse a toda velocidad. Quiso gritar tan alto hasta chillarle a las estrellas que ya no quería seguir jugando. Quería cesar ese torbellino de alucinaciones y murmullos que le susurraban al oído que era tarde. ¿Tarde para qué? Quiso despertar de esa terrible pesadilla más no conseguía otra cosa que musitar en voz bajita palabras entrecortadas sin apenas aliento. Qué pequeña se sentía y qué impontente se veía encerrada en ese círculo vicioso que cada día le iba matando un poco más.

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