Quizá fue necesario que nos
llegara el adiós antes de la despedida. Tal vez nos ayudó que las palabras
aterrizaran en la razón antes de que nuestras ilusiones empezaran a despegar.
Ahora ya solo queda silencio. Ya lo dicen los meteorólogos, tras épocas de lluvia
siempre llega la sequía y, por si fuera poco, ni siquiera nos llegamos a mojar.
Acaso fue el miedo, la indecisión o la costumbre de las malas experiencias lo
que nos hizo conocernos y desconocernos casi al mismo tiempo, pero lo
suficiente. Lo suficiente como para saber que se había acabado lo que ni
siquiera comenzó. Algo efímero e intenso, que se va igual que llega, como esos
amores de verano o las estrellas fugaces del cielo. Quizá fue mejor así. Es más
fácil que decir adiós.
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