Olvidarte fue como tender mi ropa debajo de la lluvia para que se secase. Absurdo. Un día dejó de llover, y dejaste de dolerme. El tiempo seca más la ropa que el viento, pero no se lleva las cenizas que nos incendiaron y, aunque la ropa estaba seca, al volver a verte se me calaron hasta los huesos.
“El pasado es una chica a la que
no hay que desvestir”, y los dos nos desvestimos sin ni siquiera quitarnos la
ropa, dos años después. Ahí, en mi habitación, junto a la cortina de colores
con la que siempre jugabas, abrazados, llorando. Todas esas lágrimas nacían de
una pregunta aparentemente insulsa y a la vez tan llena de significado: ¿Cómo
estás? Porque solo nosotros sabíamos lo que significaba esa pregunta. Sabes que
aunque me haga la loca, la primera respuesta nunca es verdad.
A veces sigo manteniendo conversaciones
contigo en mi cabeza. Yo te cuento mis delirios mientras tú me miras con cara
de reprobación. Otras veces mantenemos discusiones, yo me enfado y te grito, te
pido explicaciones, y tú callas como siempre hacías, pasivo-agresivo. Algunas
noches cuando bebo más de la cuenta y voy sentada en el búho se me inclina sola
la cabeza, como si tu hombro estuviera a mi lado. Vuelvo a la realidad cuando
el señor que no eres tú me mira extrañado. Cuando saco un cigarro noto tu
mirada de reproche y se me escapa una sonrisa. Al final suspiras y no dices
nada. Hay mañanas en las que me despierto en otras camas y se me aparece en mi
mente tu cara con expresión de no reconocerme. También hay momentos de alegría
en los que pienso: “Esto se lo tengo que contar”, y otros de tristeza en los
que mi cuerpo me pide sentir de nuevo tus abrazos. Hay tantas cosas que me gustaría
contarte. Cosas de las que solo nosotros nos reiríamos como lo hacíamos,
silencios que con nadie más serían cómodos. No te equivoques, no es que te eche
de menos. Es que mi cuerpo no solo tiene carne y huesos. También necesita
energía para vivir. A veces pienso que mi cuerpo es inherente a ti. Al fin y al
cabo, creció contigo.
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