sábado, 15 de noviembre de 2014

Mi disfraz


Fingí. Como quien dice te quiero sin mirar a los ojos, como los lunes que se disfrazan de viernes, como un niño que promete a sus padres que no volverá a hacerlo. Y como todos. Como fingimos todos. Nos fingimos, nos follamos y nos sentimos libres. Tal vez fue que no estábamos en el mismo piso, que aunque fuera la misma calle, las paredes de aquel viejo edificio se nos cayeron encima de tanto hacer ruido. Que empotrarte contra el sofá no era lo mismo en abril que en noviembre. Que no era la misma cama, ni el mismo sofá, ni siquiera nosotros éramos los mismos. Alguna arruga más, con alguna que otra experiencia más a la espalda y sin la estúpida necesidad que teníamos en el pasado por ocultar nuestras intenciones. Cuando se acepta subir al piso de alguien todo el mundo sabe que no es para jugar al parchís. Esta vez acepté sin recelo y me dejé la vergüenza repartida en todos años que llevábamos sin vernos. Es cierto que las mujeres nos obcecamos por obtener todas las respuestas a nuestras preguntas, cueste lo que cueste. Nos aferramos a la idea de ser conocedoras de todo lo conocible. Es una necesidad imperiosa, casi implícita, como lavarse los dientes por la mañana o mirar por la ventanilla del coche. ¿Y qué hubiera pasado? Esa maldita pregunta, el ¿y si?, la lista de las cosas que nos quedan por hacer. El error es no pensar en las consecuencias que conlleva el saber. Una vez que sabemos, ya no hay marcha atrás. Supe que nuestro capítulo se había cerrado, pero no solo eso. Supe que debimos habernos quedado en aquella casa de Argüelles para no tener que vernos más tarde, más viejos e infelices. Quedarnos en ese recuerdo, en esa maravillosa mentira. Quizá así no habría tenido que fingir. Ahora nuestro último recuerdo son dos cuerpos empapados que se follan sin cariño ni demora, sin sorpresa ni misericordia, sin alegría ni deseo, con tristeza. Tristeza por lo que pudo haber sido pero no fue, nunca será. Las historias del pasado no deberían traerse al presente. Dos corazones que laten a destiempo no tienen cabida en esta locura de mundo que no para de recordarnos una y otra vez que no sirve de nada tratar de respondernos. No hay coherencia. Tan solo hay vidas que se cruzan en un punto y se alejan.
Y los puntos suspensivos se convirtieron en final.

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