Fingí. Como quien dice te quiero
sin mirar a los ojos, como los lunes que se disfrazan de viernes, como un niño
que promete a sus padres que no volverá a hacerlo. Y como todos. Como fingimos
todos. Nos fingimos, nos follamos y nos sentimos libres. Tal vez fue que no
estábamos en el mismo piso, que aunque fuera la misma calle, las paredes de
aquel viejo edificio se nos cayeron encima de tanto hacer ruido. Que empotrarte
contra el sofá no era lo mismo en abril que en noviembre. Que no era la misma
cama, ni el mismo sofá, ni siquiera nosotros éramos los mismos. Alguna arruga
más, con alguna que otra experiencia más a la espalda y sin la estúpida
necesidad que teníamos en el pasado por ocultar nuestras intenciones. Cuando se
acepta subir al piso de alguien todo el mundo sabe que no es para jugar al
parchís. Esta vez acepté sin recelo y me dejé la vergüenza repartida en todos
años que llevábamos sin vernos. Es cierto que las mujeres nos obcecamos por
obtener todas las respuestas a nuestras preguntas, cueste lo que cueste. Nos
aferramos a la idea de ser conocedoras de todo lo conocible. Es una necesidad
imperiosa, casi implícita, como lavarse los dientes por la mañana o mirar por
la ventanilla del coche. ¿Y qué hubiera pasado? Esa maldita pregunta, el ¿y
si?, la lista de las cosas que nos quedan por hacer. El error es no pensar en
las consecuencias que conlleva el saber. Una vez que sabemos, ya no hay marcha
atrás. Supe que nuestro capítulo se había cerrado, pero no solo eso. Supe que
debimos habernos quedado en aquella casa de Argüelles para no tener que vernos
más tarde, más viejos e infelices. Quedarnos en ese recuerdo, en esa
maravillosa mentira. Quizá así no habría tenido que fingir. Ahora nuestro último
recuerdo son dos cuerpos empapados que se follan sin cariño ni demora, sin
sorpresa ni misericordia, sin alegría ni deseo, con tristeza. Tristeza por lo que
pudo haber sido pero no fue, nunca será. Las historias del pasado no deberían
traerse al presente. Dos corazones que laten a destiempo no tienen cabida en
esta locura de mundo que no para de recordarnos una y otra vez que no sirve de
nada tratar de respondernos. No hay coherencia. Tan solo hay vidas que se
cruzan en un punto y se alejan.
Y los puntos suspensivos se
convirtieron en final.
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