No hay quien valore más la vida
que aquel que ha estado a punto de perderla. Y así señores, con todo. El amor,
las pertenencias, las amistades, la familia pero, sobre todo, lo que aún no
tenemos. Una vez adquirido, comprado o manoseado, lo guardamos en el cajón de
objetos perdidos y ya ni nos acordamos de él. Hasta las buenas intenciones se
nos desvanecen entre los dedos cuando podemos tocar algo artificial. Qué
triste, perdemos las cosas y aprendemos a echarlas de menos, pero nunca a
cuidarlas. Tenemos la incuestionable y falsa certeza de que siempre estarán
ahí, hasta que un día, bien por hartazgo, un atracón o por la misteriosa
necesidad de salir de la hermética caja de cartón que nos hemos fabricado, lo
perdemos o nos vamos, emigramos a otro cálido lugar de confort y nunca luchamos.
Y es que todo comienzo tiene su final, cualquier inicio está abocado a un
desenlace. Esto no es ninguna nueva. Vivamos engañados o no, lo sabemos todos. Quizá
por eso dejamos de esforzarnos, de llevarnos el desayuno a la cama o de
sorprendernos cada día con una nota debajo de la almohada. Tal vez no hay mejor
inicio que el que nunca empieza porque éstos son los únicos que jamás podrán
llegar a su final. Hay ciertas cosas en la vida que es mejor no comenzar.
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